09 septiembre 2018

La caja Enma

«Ahí, la Miko recobró el aliento y le preguntó con severidad: ¿La has visto?». 
La caja lacada yacía en sus manos. Según había dicho el abogado: «Antes de morir, su tía abuela había especificado que ella, debía de ser la nueva portadora del espléndido joyero».
Maki-e recibió esa caja negra, acompañada del certificado de autenticidad. Este último, aseguraba haber sido elaborada durante el periodo Edo. Por lo que su única herencia no fue cualquier caja; era una auténtica reliquia. De exquisita elegancia, en la tapa frontal tenía un diseño de hortensias, adornadas con un brillante lacado.
«Es hermosa», pensó. Al recibirla, examinó cada detalle. La sopesó, estaba segura de que no había nada en su interior. Aun así no se desanimó; al girarla, creyó haber escuchado un leve «tilín, tilín».
Encontró adentro una pequeña nota. La desdobló y leyó: «Kurozuka», escrito con la hermosa letra cursiva de la anciana. Eso era todo. Volvió a releer el renglón y todo lo que pudo descifrar fue que había sido escrito con apuro y ni siquiera mencionaba su nombre. Incluso volteó el papel para asegurarse de no haberse perdido de algo más. Por supuesto no encontró nada.
Excéntrica anciana —murmuró, mientras dejaba el papel sobre su regazo.
De súbito, el wadokei marcó la hora del Gallo (las seis de la tarde). La sorpresa la hizo zarandear la caja y de golpe se cerró, escuchándose de nuevo el ligero tintineo.
Dejó escapar una risa nerviosa. Sintiéndose tonta consigo misma, se puso de pie. Corrió las cortinas; en efecto, desde la ventana observó el ocaso, los cuervos graznaban en el fondo.
Abrió de nuevo la caja. Extendió los espejos desmontables, empotrados al espejo rectangular principal. Otro cubría el cilindro giratorio, además del cepillo metálico. «¡También es una caja de música!», pensó. Pasó la mano por debajo y notó que sobresalía una diminuta manivela metálica. Decidió darle cuerda, pero no se escuchó ninguna melodía. Era una lástima, de seguro debió de haber sido tan hermosa como…
—¿Y la bailarina? —susurró.
El único lugar en donde todavía no había buscado era debajo del espejo, que cubría el mecanismo musical. Desmontó esa parte. Nada. No había rastro de la susodicha. Entonces, volvió a agitar levemente la caja y algo resonó.
—Quizás sea una pieza fuera de lugar.
Se limitó a colocarla bocabajo; nada salía. Probó poniéndola de lado y observó que dependiendo de la inclinación de la caja, algo corría de aquí para allá. Era tan escurridizo que tuvo que esforzarse varias veces para intentar sacarlo de ahí. Cuando al fin pudo hacerlo, observó la diminuta esfera plateada ahuecada.
—¿Qué hacía un cascabel ahí?
Al retirar dicho objeto, colocó de nuevo la tapa del espejo secundario. De pronto, una melodía inundó la habitación. El ambiente se tornó diferente. Del joyero, emanaba una sensación extraña y contradictoria.
Sin saber muy bien por qué, se asomó a los espejos desplegados y escuchó con atención. La música destilaba tristeza y congoja, disfrazadas de añoranza, anhelo, y sosiego. Inclinó un poco la caja para verse en uno de los espejos.
Cuando apartó la caja de su rostro, la música ya casi paraba. Las últimas notas se sucedían desganadas. La depositó a un lado, en la mesa de centro y apenas hubo estado en contacto con el filo de la mesa, enmudeció.
Empujó con suavidad la caja para evitar que se cayera, y el espejo principal enfocó al instante algo hacia sus espaldas. Detrás de ella creyó ver algo. Algo que la hizo estremecerse y caló hondo en su subconsciente, generándole recurrentes pesadillas.

***

Maki-e decidió colocar la caja de música junto a su despertador. Se reincorporó en el sofá, a falta de un sueño reparador, estaba ensimismada. Por alguna razón se despertaba entre la hora de la Serpiente y la del Dragón (entre las 4:44).
Al pasar el alba, salió de casa y caminó con pereza hacia el lugar donde trabajaba. En la veterinaria, atendió a un perro atacado por un enfadado puercoespín. El dueño del canino había sido su compañero desde la primaria y a veces salían juntos.
—Luces cansada —le dijo.
—Sí, es por la mudanza—le contestó—. Aún no me acostumbro a vivir sola.
Maki-e sonrió. Le entregó la cartilla con la próxima cita y se despidió de ambos. Al inclinarse y pasar la mano sobre las orejas del perro como siempre lo había hecho, éste le enseñó los dientes.
—¡Tranquilo, Muchacho! —exclamó Sukiya, sosteniéndolo de la correa.
Ella se hizo para atrás. Sintió chocar contra algo grande y sólido que opuso una ligera resistencia, y luego cedió. Ella se viró. No había nada, solo estaba la pared a medio metro de ellos. El perro miraba hacia ese mismo punto y gruñía.
—Ha de estar adolorido por las púas.
—No te preocupes Sukiya, no ha sido nada —le contestó.
—Entonces, nos estaremos viendo… —dijo, esfumándose de momento al ser jalado por la correa del perro. Luchando contra éste, regresó a la puerta del consultorio a despedirse como se debe— …pronto, si es que lo visita de nuevo el puercoespín.
Caminaron hasta perderse bajo los techos inclinados de las casas. La tarde transcurrió sin complicaciones. El wadokei en casa, debió de haber marcado la hora del Tigre (las siete de la noche). Cerró la veterinaria y notó que los cuervos la esperaban entre los árboles.
Al principio creyó que era paranoica por la falta de sueño, pero cada vez eran más. La observaban con esos enigmáticos ojillos. Sombras ligeramente curveadas se arremolinaban sobre las ramas. Decidió ignorarlos y volver pronto a casa.

***

Suena el teléfono, es Sukiya. Muchacho está muy mal herido. «Otra vez el puercoespín», pensó Maki-e. No, esta vez es algo peor. Salió corriendo apretando el maletín médico. A medio camino de la veterinaria, encontró a Sukiya con su perro en brazos.
—¡Lo encontré así en el patio! —dijo, y le rogó que lo salvara.
En el trayecto el perro había perdido demasiada sangre, ya no reaccionaba. Comenzaba a perder el calor corporal. Observó sus mortales heridas a detalle. Se las habían hecho con objetos punzocortantes. «¿Quién le haría esto a un pobre animal?», se preguntó, tachándolo de atrocidad.
Muchacho murió ahí mismo, en la mesa de operaciones. Por supuesto Sukiya estaba inconsolable. Ella habló con él, por procedimiento debía de realizar la autopsia para tener una pista de lo que debió de haber causado su muerte. Su compañero aceptó con desagrado. Al palpar las heridas se dio cuenta horrorizada, de que también le habían extraído los órganos.

***

Había tenido un mal inicio de semana. Decidió cerrar antes el consultorio y reponer unas cuantas horas de sueño, imposibles de conseguir en casa.
Para rematar el nefasto día, de regreso se topó con los habituales cuervos. Aceleró el paso. En eso, uno se le acercó.  Tenía el plumaje negro, con reflejos púrpuras y azulados. Cerrándole el paso, le depositó un peculiar objeto a sus pies. Maki-e presionada por el escrutinio de las aves, levantó la figurilla. Los cuervos graznaron al unísono y alzaron el vuelo.
Tallada en hueso, semejaba ser una cruza de ogro diabólico con una geisha. El resultado era grotesco. La pequeña figurilla mostraba una máscara de demonio con labios negros, la adornaban unos retorcidos cuernos que casi cubría el cabello largo y negro. Vestía un kimono azul («tilín, tilín», escuchó en su mente) con el obi de color negro, adornado al parecer, por un moño blanco. Las altas getas combinaban con el tradicional atuendo.
En la parte inferior de la figurilla decía: «Enma». No quiso saber nada más. La dejó donde la había encontrado. Se fue a casa, preocupada. Maki-e se sentía vigilada. No solo afuera por los cuervos sino que, como posteriormente descubrió; en el interior de su casa, algo siniestro la asechaba.

***

Sukiya corre. Algo abominable e invisible lo persigue. Corre sin descanso, entre callejones, bajo los árboles de las montañas y por caminos empedrados. Corre en círculos. Lo sabe y no quiere detenerse.
—Sukiya
Él parece escuchar su nombre, pero no identifica la dirección de donde proviene dicha voz. Trata de esquivarla, le hiere con tan solo escucharla.
—Sukiya —repitió la siniestra voz.
De la nada, la oscuridad se arroja sobre él. Sus ojos, sin vida ya, la miran y repiten su nombre: «Maki-e»
Despertó de golpe, sin poder recordar por qué. Su respiración estaba agitada, sudaba y tardó bastante tiempo en poder recomponerse. La caja de música sonaba de fondo. Acercó el brazo, tentó la caja y la cerró con un rotundo «clong».
Esto se hizo rutinario. Todas las madrugadas abría los ojos con un grito ahogado, despertaba sin aliento, con el corazón casi saliéndosele, aunque no recordaba nada sobre la pesadilla. Acallaba la música de golpe. Se paraba al lavabo, abría la llave y dejaba correr el agua en lo que se lavaba la cara. Al terminar, se miraba al espejo, preguntándose qué es lo que había soñado. «¿Qué le provocaba tanto pavor que hasta su mente prefería olvidar?».

***

Era jueves, hoy la veterinaria cerraba al mediodía. Al quince para las doce, la policía hizo su aparición en el consultorio. La visita se resumió a informarle sobre el lamentable fallecimiento de Sukiya.
—¿Qué fue lo que le pasó? —preguntó consternada.
—Lo más probable es que haya sido un animal— le contestó—. Un oso o un lobo. Tenemos muy cerca las montañas.
Ella no debatió ese punto.
Necesito pedirle un favor. Ya que conoce del oficio… podría revisar estas imágenes y ayudarnos a determinar, ¿qué tipo de animal salvaje ocasionó su muerte?
Desvió la mirada, evitando ver la foto que le mostraba el policía.
—Sé que es duro ver a un conocido así pero…mis superiores quieren asegurarse de que no ande un demente rondando por el pueblo—suspiró—. Ya sabe, excursionistas alocados por «el mal de montaña».
—¿Qué lo hace pensar que un humano podría estar detrás de esto?
—Cada cierto tiempo—comenzó a decir el policía—, aparecen cuerpos compartiendo un patrón similar —le dijo con cautela, cuidando sus palabras.
Maki-e sabía que le ocultaba información. Por su vago informe, percibió que no tenían ni idea de qué es lo que estaba atacando al pueblo. Al mostrarse renuente, el policía se impacientó y cambió de estrategia. Haría un trato con ella, en donde ambos salieran beneficiados. Compartió lo que sabía: «Sukiya no ha sido el único».
—Acá entre nosotros…—repuso en voz baja—. ¡Algo los destripa como un pescado!
La imagen del perro le vino a la cabeza («tilín, tilín», escuchó en su mente).
—O es un animal migratorio… —le dijo, extendiéndole la foto frente a sus ojos, obligándola a verla—. O es un hombre muy deschavetado

***

Antes de caer rendida por el cansancio, creyó haber escuchado la caja musical, pero no estaba segura. Acercó el brazo, tentó la caja y la cerró con un rotundo «clong». En la madrugada volvió a verla abierta y procedió a cerrarla, sin darle mucha importancia.
A primera hora del día se levantó, vistió y salió. Debía de aclarar su mente. Se desvió del camino habitual y los cuervos aprendieron a habitar nuevas ramas. No importaba, no les haría caso. Caminó y caminó hasta topar con un humilde santuario. Se adentró en un jardín lleno de arena y rocas. Le pareció tranquilo y acogedor, se sentó en la sombra y sin querer se quedó dormida.
—¡Este no es lugar para dormir! —la reprendió una Miko, quien vestía su típico atuendo rojo con blanco —. Si desea tomar una siesta, ¡vaya a su casa!
—Discúlpeme sacerdotisa…—se levantó inmediatamente del lugar.
—Sando, soy Sando.
—Sando— repitió—. «¡Qué vergüenza!», pensó.
En ese instante, la Miko colocó su índice en la frente de Maki-e y le dijo: «Así que ahora tú tienes la caja».
Dentro del templo, Sando le explicó que según las tradiciones sintoístas, consideraban a la caja de Enma como uno de los portales más poderosos y conocidos.
—La caja lacada permite a los Yōkai cruzar del mundo terrenal al otro lado —le dijo.
¿En verdad existen los Yōkai? —la interrumpió azorada.
No se tienen referencias de cómo la caja es capaz de conectar ambos mundos—continuó ignorando su pregunta—. Su guardiana se llama Kurozuka.
Ahí, la Miko recobró el aliento y le preguntó con severidad: «¿La has visto?».
—No —mintió Maki-e.
—¡Qué bien! —exclamó—. Entonces, todavía estás a tiempo.
—¿A tiempo de qué?
—Quiero que mañana me traigas la caja—dijo, esquivando lo evidente—. Esta noche haré los preparativos para exorcizar o en el peor de los casos, quemar dicho objeto.
La situación le parecía tan irreal. Había pasado de tener a un asesino rondando el pueblo a echarle la culpa a un ser mitológico.
—¿Por qué no me deshago simplemente de la caja?
—¡Ni se te ocurra! —le respondió tajante—. ¿Crees que sería tan fácil? —resopló—. El ritual se llevará a cabo aquí y de modo seguro. Lo adecuado es quemar a los objetos malditos en grandes hogueras, como la que siempre mantenemos encendida en el templo. ¿Sabes por qué?
Ella negó con la cabeza.
—Porque si no se realiza correctamente, los objetos pueden regresar a cobrar venganza.
Maki-e tragó saliva.
—Ahora, mientras llega el nuevo día, lo único que tienes que hacer es: «Cerrar la caja cuando ella haga sonar la música».

***

Aquella noche no podía dormir. Daba vueltas y vueltas. Cerró los ojos e hizo como que dormía, pero los nervios le impedían hacerlo. («Si no se realiza correctamente, los objetos pueden regresar a cobrar venganza», resonó la voz de Sando en su mente).
Le pareció escuchar un crujido, seguido de un rechinido. Abrió los ojos y no tardó en acostumbrarse a la oscuridad. Cuando hubo identificado el proceder del ruido, contempló la caja musical abriéndose sola, justo delante de ella.
Horrorizada, creyó escuchar un siniestro canto. Luego vio salir de su interior a unos huesudos y afilados dedos, conformando una diabólica mano. Éstos levantaban lentamente la tapa de la caja, desencadenando el inicio de la melodía. «Cierra la caja cuando ella haga sonar la música», recordó. Con el corazón galopando a mil por hora, tendió una mano temblorosa y se acercó. De un manotazo la cerró, muriendo al instante la música.
Apiló los libros que tuvo al alcance, con la intención de bloquear la salida a lo que fuera que quisiese emerger del portal. De pronto, se escucharon pisadas al otro lado de la habitación.  El ruido se hizo más fuerte, las paredes temblaban. La torre de libros se tambaleó. Maki-e se apoyó sobre ellos, no quería prender la luz. Desde la pared opuesta, una enorme silueta la observaba. Sabía que si la confrontaba, terminaría como Sukiya.
Se obligó a cerrar los ojos. Los apretó, por si de un momento a otro se le ocurriera abrirlos. No esperó hasta que el wadokei diera la hora del Dragón. Con la caja cerrada y envuelta con cinta adhesiva, corrió hasta el santuario.
Para su mala fortuna, durante la ceremonia para apaciguar a la caja de Enma, realizada desde la última vez en que se vieron; la Miko había caído en una especie de trance, del que fue incapaz de salir.
—Siento llegar al alba…—dijo jadeando—. ¡Preciso ver a la sacerdotisa Sando!
—Por el momento, nuestra Miko se encuentra… «indispuesta» —le dijo una de las ayudantes, cerrándole la puerta en la cara.
—¡Es de suma importancia que me ayuden, por favor! —dijo, golpeando la puerta.
—¡Llévese ese objeto del mal! —exclamó la ayudante tras la puerta, perdiendo los estribos.
Maki-e retrocedió con la endemoniada caja.
—¡Aquí no podemos ayudarle! —y tras una pausa añadió—: «Dudo que alguien más pueda».

***

Una hora más tarde, Sando fallece, al igual que Sukiya y muchos otros más. Junto con la mitad del pueblo, el templo está de luto. La policía hace pública la investigación y admite la posibilidad de tratar con un presunto asesino serial. La lluvia borra cualquier pista. Se les informa a los pobladores, a no salir de sus casas hasta nuevo aviso.

***

Maki-e sabe que si para de correr, acabará como los otros. Toma atajos, va por los túneles, esquiva las rocas. Busca la salida del escondrijo. Despierta.
— ¡Maki-e! —le reprende la Miko, quien viste un kimono azul—. El jardín del templo es para meditar, no para dormir.
—Lo siento mucho, Sando —se disculpa otra vez, y no había terminado de decirlo cuando… recordó que esto ya había sucedido («tilín, tilín», escuchó en su mente).

***

Despertó faltándole el aire. Vio que estaba sujetada por las cuatro extremidades a una tabla fría y rocosa. Frente a ella, el contorno de una figura en la oscuridad se retorcía con éxtasis. Trata de desamarrarse las cuerdas que la retienen. Es imposible zafarse.
 El fuego baila, iluminando la caverna rocosa. Su mente por momentos se va, quiere ser libre y no puede, no debe, no quiere.
—¡Despierta! ¡Despierta! —se dice una y otra vez—. ¡Despierta Maki-e! —pero ésta vez sus ruegos no funcionan.
Kurozuka no se para directamente en la luz, se queda al ras de la oscuridad. Y no es porque sea tímida, no... Teme que su presa muera antes, por el susto. Está cansada de tanta persecución, desea aprovechar todo el tiempo que pueda, antes de deshacerse por completo de la humana y cazar a otro.
Tararea una melodía conocida, que Maki-e tarda en identificar. «¿Dónde la he escuchado?» se pregunta. Su mente no quiere cooperar. «¿De qué servirá saberlo?, le responde indiferente.
—Es… es la melodía de la caja de música—se responde a sí misma, entrando en pánico.
La figurilla grotesca, en escala real, de carne y hueso se aproxima hacia ella. Es el temible ser, el del kimono azul que desde en un principio, la acechaba y profanaba sus sueños. Desde donde está, puede ver el macabro obi negro que luce, está ajustado no con un moño blanco, ¡sino con un cráneo humano!
Porta escondidos, entre las interminables mangas del kimono, unos objetos punzantes. Sin previo aviso, los hunde en el abdomen descubierto de Maki-e, rompiendo el peritoneo. ¡El dolor es desesperante!
La diablesa ingresa más al fondo sus dedos, sangre oscura brota pidiendo auxilio. Desde las aberturas, comienza a sacar los intestinos. De vez en cuando, lame las vísceras con su larga y puntiaguda lengua azulada.
Disfruta lo que hace y se deja llevar. Luego, arremete de nuevo desde donde lo dejó. Se escucha el nefasto sonido de sus tripas al ser estrujadas, gotea el líquido vital y, tarareando aquella tonada, ella extrae todo a su alcance.
Es divertido, creo que Maki-e comienza a reírse. Parece un rompecabezas humano, los dedos cadavéricos enrollan sus intestinos como si fueran espagueti.
Pronto la risa es interrumpida por una violenta tos, que la hace escupir sangre brillante y roja. Otros demonios se acercan, y a cada bocado, ella grita, llora, maldice y ríe.
 Se la están comiendo viva. La destrozan por completo. Su carne cruje al ser estrujada. Seccionan sus extremidades a mordiscos o, si bien le va, se las arrancan a la fuerza. Las costillas emiten un ruido, parecido al de los pollos cuando son deshuesados. Los Yōkai la engullen con voracidad.
—Solo recuerden: el cerebro y corazón están destinados a nuestro gran rey Enma, dios del Inframundo —anuncia Kurozuka.

***

Maki-e despierta.
Ignora por completo la melodía de la caja, que resuena hasta el cuarto de baño. Abre la llave y se moja la cara. Nota el agua fría entumecer su rostro. La cierra, y se contempla las ojeras en el espejo de medio cuerpo.
Nota en el lavabo, cabellos extremadamente largos para ser suyos. Escucha el cascabeleo característico de sus persecuciones en sueños: «tilín, tilín».
La piel se le eriza. El pánico la hace despertarse por completo. Fija la vista en el espejo y al hacerlo, ve detrás de ella cabellos que cuelgan desde el techo.
Tiene miedo de girarse. Se acerca lo más que puede al espejo e inclinándolo, la luz mortecina capta la terrible imagen de Kurozuka.

***

La diablesa se encontraba de cabeza en el techo. Las capas de su kimono no obedecían a las leyes de la gravedad, su largo y enmarañado cabello caía hacia abajo, ocultando la mayor parte de su rostro. Su monstruosa lengua, puntiaguda y azul, lamía una extremidad a medio comer.
Como si apenas se hubiera dado cuenta de su presencia, ésta interrumpió su manjar, y lo arrojó lejos al bajar. De esta forma, con un grácil giro y en silencio, se posicionó detrás de Maki-e.
Ella incapaz de moverse por el miedo, pudo ver reflejado en el espejo a unos ojos completamente blancos que sobresalían del rostro. Sus labios, las cejas en forma de pequeños círculos, el cabello y su obi, eran negros. Éste último, estaba decorado y amarrado con un cráneo humano.
Sintió su cabello erizarse, como si una fuerza sobrenatural lo estuviera sujetando. Incapaz de controlar su espanto, el reflejo en el espejo comenzó a temblar. Kurozuka pasó la lengua azulada y babosa por su mejilla.
—Después de todo…, tú y yo nunca fuimos tan cercanas —le dijo la voz de su tía abuela, atrapada en el cuerpo de la diablesa.




FIN

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